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Jan
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Mi escuela y algo de mi infancia

Yo estudié en el Colegio Cristóbal Colón, una escuela lasallista en Lomas Verdes, en pleno Estado de México, en el corazón del mundo sateluco. Ahí pasé 15 años: kinder, pre-primaria, primaria, secundaria y preparatoria. Un lugar que, para resumirlo en un slogan que los hermanos lasallistas repetían a menudo, daban una educación integral. El problema estaba en esa palabra: integral. Es una astucia lingüística que utilizaban para justificar la mediocridad académica que reinaba en esa escuela. Recuerdo a un director, creo que era el de la prepa que dijo algo así: “En el Cristóbal el inglés no es el mejor, las matemáticas no son las mejores, la historia no es la mejor. Pero el Colegio siempre se ha preocupado por darles una formación integral, donde todos los factores se sumen en la educación de sus hijos”. La verdad, nada les quitaba en que dentro de su integralidad por lo menos alguna materia fuera el orgullo. Es que ni siquiera (y ahí yo mismo lo celebro) en la formación religiosa católica eran buenos. Quizá en lo que era mejor el Cristóbal era en el fútbol sóccer y no ganábamos siempre contra otros colegios, pero por lo menos se sabía que el Cristóbal tenía buen nivel ahí. Pero en ninguna disciplina había buen nivel, vamos, ni siquiera se sabía de las olimpiadas de Matemáticas, Biología y demás disciplinas que cuentan con certámenes del estilo. Recuerdo cuando llegué al ITAM y me enteré de la existencia de las olimpiadas de matemáticas, comencé a entender la mediocridad de la escuela en la que había estudiado durante 15 años. Más adelante me enteré que había olimpiadas casi de todas las materias. En fin… esa era la educación integral de la que hablaban esos hermanitos lasallistas.
Hace poco leyendo sobre la historia de la lectura, me encontré con algo que, en cierta medida, me explicó un poco el origen mediocre de la educación lasallista. En el siglo XVIII, aunque los dormitorios seguían sin ser espacios totalmente tranquilos, quedarse leyendo en la cama –al menos en París– se había difundido lo bastante como para que san Juan Bautista de La Salle, filántropo educador y fundador de los lasallistas, canonizado en 1900, advirtiera contra los pecaminosos peligros de tan ocioso pasatiempo. “Es totalmente indecente y de mala educación conversar, chismorrear o juguetear en la cama”, escribió en Las reglas del decoro en la urbanidad cristiana, obra publicada en 1703. “No imitéis a ciertas personas que se dedican a la lectura y a otros asuntos; no os quedéis en la cama si no es para dormir; de ese modo vuestra virtud saldrá muy beneficiada”.
Yo sé que parte de lo que buscaba de La Salle con estos desatinados comentarios (que sin embargo en la Causa de Canonización los vieron muy apropiados (muy santos), porque para canonizar a alguien se realiza un escrutinio muy a fondo de los escritos del sujeto en cuestión), era que los jóvenes –principal público de sus escritos– no se masturbaran en la cama. Pero la verdad, con o sin lectura, los adolescentes de esa y todas las épocas, se masturbarán en sus camas como parte del ritual para dormir. Sin embargo es parte de la ceguera que da tratar de imponer la visión cristiana del ser humano. En vez de crear éticas que den por hecho este asunto y conduzcan por buen camino el impulso sexual del joven, le crea un problema al hacerle creer que lo que está haciendo es cósmicamente malvado. Tratar de encauzar así la vida sexual es una reverenda tontería, porque simplemente no parte de la realidad del hombre, sino de una idea generada en frío y desde la combinación escritorio/púlpito escolástica.
Bueno, así pues, empezó mi handicap en muchos sentidos. Escuela mediocre y sateluca a más no poder, hijo único y una educación doméstica orientada a los resultados, donde la estima parecía estar directamente relacionada con el performance que uno tuviera en los diversos ámbitos en los que participaba (aunque la verdad no era esa, mi percepción en ese tiempo así era; esto es, se trató de un error operativo que generó un ambiente muy hostil, pero no era un asunto de desamor). Un hogar donde lo que yo más quería era vivir en cualquier otro lugar, pero no ahí. De modo que a los doce ya quería ser Hermano Lasallista; a los 18, Legionario de Cristo y a los 20, finalmente conseguí ser numerario del Opus Dei. Varias cosas estaban relacionadas: primero, esas figuras gozaban de respeto y reconocimiento social; segundo, me permitían vivir fuera de mi casa; tercero, me permitían ser otro, una persona nueva sin los problemas sociales que acarreaba desde siempre; cuarto, metido en una organización así, tenía resuelto el problema moral, es decir, tenía la seguridad de estar haciendo lo correcto ante los hombres y ante Dios y esto me generaba mucha autoestima, pues mi educación estuvo muy enfocada a los resultados, a hacer bien las cosas.
Para sacudirme tanta mierda (aunque una parte la sigo cargando), tuve que luchar y re-crearme casi por completo. Pero esa ya es otra historia.


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