18
Feb
11

Tierra

De la tierra
te levantas,
y el tiempo, que se detuvo para verte entera, se desata.
Ese tiempo que se detiene cuando contemplo
las manos de tu padre.
Ese tiempo que la voz de tu madre
vuelve a dejar libre.

“Yo entiendo poco de dioses; pero me parece
que el río es un dios fuerte y pardo: huraño, indómito
y adusto, paciente hasta cierto punto, admitido
al principio como frontera;[…]
y luego un problema sólo para el constructor
de puentes. Resuelto el problema, en las ciudades
casi olvidan los vecinos al dios
pardo, quien conserva, sin embargo, implacable,
sus ritmos y sus iras, destructor; quien recuerda
a los hombres lo que ellos prefieren olvidar.
Privado por los adoradores de la máquina
de culto y de ofrendas, está a la espera:
vigila y espera”.
Y la tierra, aún más paciente, así fecunda y virgen,
trabajada y desierta, contiene al río
y a tus otras voces. Conocí la tierra y ahí
aún se oía el eco de tu voz de niña diosa,
de niña violeta. La tierra tiene memoria y
aún conserva el quejido mudo del animal muerto
en soledad. Y esa tierra, la de verdad,
la de polvo y sombra, dialoga, canta,
hechiza a los pocos hombres que saben de su
lenguaje, de sus acentos. Tu padre conoce ese
secreto y tú perteneces a esa línea
privilegiada para escucharlo. Ese secreto que no
tiene tiempo tu padre lo
lleva en sus manos y lo porta
con un orgullo robusto, soberano, redondo, perfecto.
Yo me inclino ante las manos de tu padre,
ante su pausa para hablar (que le enseñó la tierra)
y con la que aprendió a amar a sus amados.
Cuando reverencio a tu padre, reverencio la tierra;
esta tierra que amo por encima de cielos prometidos,
por encima de reinos de fantasía que nada me han dado.
Tu padre y la tierra se han convertido en uno mismo.
Tu padre nació de ella
por eso quiere dormir bajo su regazo:
es su verdadera madre, su amante, su esposa.

La tierra es tu madre; tierra firme, indómita,
dueña de sus leyes y sus rincones,
la tierra fecunda que premia el trabajo y la lealtad;
por eso ha premiado a tu padre con su amor eterno.
Voz de agua, voz de sorgo, voz que llama a tu padre
por todos los rincones de su vida. La tierra es camino,
es dirección, es hogar. Tu padre reconoce
todo eso en la voz y los ojos de tu madre. Ahí ha
cultivado su vida entera y una noche, solo con la luna,
mientras lleva en sus pensamientos a la tierra, a tu madre y a los frutos que crearon,
una sonrisa satisfecha surca las huellas que el sol y el amor han labrado sobre su rostro.

Y a mí, que caminaba sediento,
me has privilegiado con estas escenas
que me enseñan del vacío con el que he caminado
mis días de asfalto y aeroplanos: sin contacto con la tierra
un hombre se vuelve hueco, viento sin dirección.
Eso aprendo de tu padre;
ese alimento intento tomar de tu madre cuando me sonríe.
Una familia, una tierra, un amor.


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